En 2017, durante la emergencia de El Niño Costero, participé en una entrevista en Radio Capital donde el periodista Alan Diez planteó una pregunta válida: ¿por qué los fenómenos naturales siempre nos cogen desprevenidos?
Mi respuesta partió de un diagnóstico práctico: El problema central nunca fue el fenómeno en sí. Sabíamos que las lluvias extremas llegarían, conocíamos los patrones de los huaicos y teníamos identificadas las cuencas vulnerables. Lo que variaba de una emergencia a otra eran las personas a cargo; con frecuencia, las nuevas autoridades debían gestionar la respuesta sin haber participado antes en ejercicios de coordinación con los sectores clave.
Hoy, al revisar los avances documentados por Tecnología Perú, el escenario es distinto. La ciencia peruana ha logrado un progreso técnico innegable que nos permite rastrear el peligro mucho antes de que se convierta en desastre.
La ruta tecnológica del peligro: del océano a la ciudad

Tener una ventaja de tres horas para evacuar una zona es un triunfo científico. Pero aquí surge la verdadera interrogante: ¿Quién toma esa decisión y cuánto tarda en ejecutarla?
Si seguimos la línea de tiempo de El Niño, hoy contamos con un ecosistema de sensores e inteligencia que vigila cada fase de su evolución:
- El origen en el océano: La anticipación comienza en el mar con el glider Mochica, un vehículo autónomo desplegado por IMARPE. Este equipo recolecta datos de alta resolución sobre la temperatura, salinidad y oxígeno del agua, transmitiendo información de forma remota para integrarse con modelos numéricos e imágenes satelitales.
- El impacto silencioso: Antes de que una ciudad se inunde, cambian las condiciones biológicas. A través de la vigilancia agroclimática de SENAMHI y SENASA, hoy es posible anticipar riesgos como la mosca de la fruta o la roya del café. En paralelo, esta data climática permite a ESSALUD planificar la respuesta ante el posible incremento de enfermedades como el dengue o la malaria.
- El mapeo de la vulnerabilidad: Herramientas financiadas por CONCYTEC utilizan imágenes de drones, satélites, tecnología LIDAR de alta resolución y modelos de aprendizaje profundo para simular exactamente por dónde se desplazarán los huaicos y las inundaciones.
- La alerta inminente: SENAMHI ha logrado reducir el tiempo de procesamiento de su sistema de pronósticos SONICS de 90 a solo 20 minutos. En la «última milla» opera el radar meteorológico SOPHy —desarrollado en el Perú—, que combina inteligencia artificial para darnos un margen de anticipación de una a tres horas antes de que el agua golpee.
Tener una ventaja de tres horas para evacuar una zona es un triunfo científico. Pero aquí surge la verdadera interrogante: ¿Quién toma esa decisión y cuánto tarda en ejecutarla?
El cuello de botella: Cuando la ciencia choca con la burocracia

Un modelo como SONICS es un hito técnico, pero la velocidad de una plataforma rara vez coincide con la velocidad de una institución pública. De poco sirve tener un pronóstico casi inmediato si la decisión de actuar tarda varias horas porque no está claro qué institución tiene la autoridad para ordenar una evacuación o cómo se deben solicitar los recursos.
La velocidad real de un sistema de alerta temprana no se mide desde que el sensor detecta el peligro, sino desde que surge la señal de alerta hasta que se ejecuta una medida de protección.
Aquí nos topamos con un obstáculo grave: confundir capacitar con entrenar. En una capacitación, una autoridad aprende qué es El Niño y memoriza qué medidas deberían adoptarse. En un entrenamiento, en cambio, esa misma autoridad es sometida a la presión de tomar decisiones frente a una crisis. La tecnología nos da los mapas, pero no nos resuelve quién comunica la evacuación o cómo priorizar recursos cuando dos distritos colapsan simultáneamente. Si estos procedimientos no se ponen a prueba antes del desastre, descubriremos sus fallas cuando ya no quede tiempo para corregirlas.
El mapa y la memoria: no hay tecnología que cure la amnesia

De nada servirá contar con modelos predictivos sofisticados si la vulnerabilidad territorial sigue siendo nuestro gran desafío pendiente. La precisión de los mapas tiene un valor nulo si las decisiones urbanas continuarán ignorándolos.
El verdadero peligro se consolida cuando las propias instituciones legitiman la vulnerabilidad entregando títulos de propiedad, conexiones de agua, electricidad o habilitaciones urbanas en zonas que la ciencia ya marcó en rojo. La prevención inteligente exige convertir esos mapas de riesgo en decisiones innegociables de planificación urbana y ordenamiento territorial.
Finalmente, existe un recurso vital que perdemos con una facilidad alarmante: la memoria institucional. Como país, pareciera que cada nuevo gobierno se ve obligado a descubrir nuevamente los mismos peligros, olvidando las duras lecciones que nos dejaron los eventos de 1982-83, 1997-98, 2017 y 2023-2024.
La verdadera alerta temprana consiste en garantizar que la información científica se convierta en decisiones; las decisiones, en procedimientos operativos; los procedimientos, en entrenamiento riguroso; y que todo este conocimiento se transfiera obligatoriamente a cada nueva autoridad antes de que asuma el cargo.
El Niño no desaparecerá. Pero si algo nos ha enseñado nuestra historia, es que la amnesia siempre resulta mucho más cara que la prevención. La tecnología ya hizo su parte y nos ha dado la ventaja; ahora nos toca a nosotros convertir la alerta en acción.
