Fuente: Instituto Nacional de Salud Mental Honorio Delgado – Hideyo Noguchi
En este Día Internacional de la Juventud, el Instituto Nacional de Salud Mental Honorio Delgado – Hideyo Noguchi (INSM HD-HN) destaca la prioridad de cuidar la salud mental de las personas jóvenes y de las comunidades que las rodean.
Durante la adolescencia y la juventud (aproximadamente entre 15 y 29 años), la neuroplasticidad ofrece una gran oportunidad de aprendizaje, pero también una ventana de alta vulnerabilidad. El uso intensivo de pantallas y el doomscrolling —leer de forma obsesiva noticias negativas— se asocian con mayor riesgo de ansiedad, depresión y aislamiento, y pueden alterar el desarrollo de funciones ejecutivas y la regulación emocional.
Datos institucionales señalan una crisis significativa: más de 476 mil casos severos de uso problemático de Internet en el Perú. El exceso de pantalla, especialmente por encima de la tercera hora diaria, se relaciona con alteraciones del sueño, del ritmo circadiano y con conductas como ciberacoso, ghosting y body shaming, que impactan negativamente el cerebro y el bienestar emocional.
Una idea clave es que la depresión no depende del nivel socioeconómico; la Encuesta Nacional de Salud Mental 2022 indica que afecta a jóvenes de diversos contextos. En respuesta, el INSM HD-HN impulsa redes de apoyo comunitario a través de la Dirección Ejecutiva de Investigación, Docencia y Atención Especializada (DEIDAE) de Salud Colectiva para trasladar la salud mental más allá de los consultorios y convertir escuelas, clubes deportivos y otros entornos cotidianos en espacios seguros de escucha y desarrollo de capacidades.
Además, la institución subraya la importancia de la relación humana en la atención: la tecnología debe ser una herramienta de apoyo y nunca un reemplazo del vínculo terapéutico. Se enfatiza que la inteligencia artificial debe subordinarse a las necesidades humanas y que la idea es fortalecer, no sustituir, la conexión entre personas.
El concepto de un «pacto social por la presencia» propone límites claros para familias y Estado, promoviendo una educación emocional desde casa y desde la escuela para construir una caja de herramientas psicológicas que fortalezca la resiliencia de los jóvenes ante un mundo acelerado. El compromiso final es con un modelo de atención centrado en la persona.
